Fuimos a desayunar a un nuevo bar. Había que probar lo
máximo que podamos, así que no quisimos repetir. Esta vez en lugar del pan con
manteca, nos tocaron croissants
(medialunas, para los amigos).
Cuando planeamos nuestra ruta parisina antes de viajar, había algo que estaba totalmente decidido: al Louvre le dedicaríamos un día entero. Y así fue.
El Antiguo Castillo del Louvre data del siglo XII, posteriormente
se convirtió en Palacio Real, hasta ser remplazado -funcionalmente- por el Palacio de Versailles. Fue entonces, en el siglo XVII, que el palacio pasó a ser la
sede principal de la Academia Francesa. Una vez llegada la revolución, los
amigos se encargaron de dar el gran paso: lo destinaron a funciones artísticas
y científicas, convirtiéndolo en museo.
Llegamos en metro hasta una de las dos estaciones de la
misma línea que te dejan dentro, aproximadamente a las 8.30 (abre a las 9). La
entrada principal está debajo de la famosa pirámide de vidrio, donde se sacan los
tickets y una escalera mecánica te sube hasta la entrada oficial del museo de
arte más visitado del mundo.
Todo esto significó que entramos casi primeros. Con el
Louvre semi-vacío, seguimos el consejo que escuchamos por ahí: urgente a ver la
Mona Lisa y después a relajarse, fundamental para evitar todos los turistas que
van exclusivamente a ver esa famosa obra.
La cosa es que el plan fue un éxito. Vimos La Gioconda con
muy poquita gente alrededor, y pudimos hacer la famosa observación para la que
ya estábamos listos: “che chucho, es re chiquita”. Reímos.
De ahí en más fue un paseo divertidísimo. El Louvre es un
museo espectacular. No sólo por sus obras de arte (más de 35.000), ni por su impresionante
tamaño (60.000 metros cuadrados), sino también por lo atractivo que
resulta caminar por ahí.
Sus enormes salas, con llamativos techos decorados con pinturas
y grabados, el patio central lleno de esculturas, e incluso el subsuelo, ruinas de la antigua fortaleza sobre la que se construyó el Palacio, hacen que la visita
sea un verdadero placer.
Una vez que nos sacamos de encima la vista obligada de la
obra más famosa de Don Leonardo, empezamos a recorrer en paz.
Arrancamos por las pinturas renacentistas, después gótico y
después nos perdimos por todos lados.
Los dos queríamos ver algunas cosas específicas y sabíamos
que las 9 horas que teníamos no nos iban a alcanzar para ver todo. Pablo quería
ver la muestra egipcia y yo las esculturas griegas. Asi que le metimos pata.
La muestra egipcia es muy interesante. Tumbas, partes de
pirámides, momias, féretros, elementos de momificación, y diferentes piezas
artísticas que databan del 3000 antes de cristo, en adelante.
Las esculturas para mi fueron un placer, más allá del
correspondiente paso obligatorio por La Venus del Milo, La Victoria de Samotracia, el Código
Hammurabi, etc., uno termina llegando a la conclusión: “¿yo pagué para entrar a un
museo lleno de cosas robadas?”. Pues si, así fue. Estos franceses tienen ahí
metidas obras históricas de todas las civilizaciones que, imagino, sus locales
deben extrañar.
Pero no se preocupen, apenas se me fue la culpa de ese
extraño delito del que estábamos formando parte, pudimos volver a disfrutar. La indignación me
duró como diez segundos (?).
Campeonato franco-egipcio-argentino de "quién tiene menos nariz" |
Fuimos a almorzar como a las 3 de la tarde, sin salir del Museo. No podíamos perder mucho tiempo, todavía nos quedaba más de la mitad de nuestro itinerario. Almorzamos bajo la pirámide de vidrio, muy loco, me sentí un poco Dan Brown (?).
Comimos a las apuradas, y volvimos. Nos tocaba el departamento de Napoléon. Super recomendado a todos. Lujo e historia, en pocas salas. Muebles, lámparas, algunas prendas originales. Muy interesante y por supuesto de un lujo impresionante.
Comimos a las apuradas, y volvimos. Nos tocaba el departamento de Napoléon. Super recomendado a todos. Lujo e historia, en pocas salas. Muebles, lámparas, algunas prendas originales. Muy interesante y por supuesto de un lujo impresionante.
El caso es que a eso de las 17.45, a museo casi vacío, un
altavoz nos empieza a avisar que nos teníamos que ir. Entonces ¿Qué hicimos?
Por supuesto: ¡empezamos a correr! Dos locos corriendo por el Louvre tratando de
ver lo máximo que podamos. Hasta que al
tercer aviso, nos rendimos y tuvimos que salir.
A la salida vimos lo que era de afuera y entendimos por qué
nos dolían tanto las piernas: son 6 manzanas. Nos sacamos las fotos de rigor
frente a las pirámides de vidrio y pusimos energía. Era la ultima noche en
parís y ya empezábamos a pucherear.
Salimos a los Jardines de Tulleries. En la entrada, cantantes líricas
le daban ambiente a la cosa, a cambio de moneditas. Descansamos en el parque, que
tiene las mismas sillas que los jardines de Luxemburgo, alimentamos los patos de la fuente y
salimos hasta la Plaza de la Concordia, lugar donde una vez rodaron las cabezas
de Luis XVI y María Antonieta.
Después decidimos volver a los Jardines de Marte, a ver la
torre por última vez. Aprovechamos para darnos el gusto de ser fotografiados
con la Torre Eiffel iluminada, porque ya se había hecho de noche.
Y nos fuimos a Montmartre, la reserva para el último día. Montmartre es un barrio construido arriba de una colina, a 130m de altura.
Llegamos en metro, como a todos lados en París, pero para
salir había que subir una escalera interminable. Por supuesto, hay funicular
para los que no resisten la subida. De todas maneras se lo recomiendo a todos.
Una vez que salís del subte, distintas escaleras en las calles te van subiendo
cada vez más, bordeando las casitas. Yo creo, de verdad, que cada persona que pasa por ahí piensa “yo quiero vivir acá”, y obvio que yo no fui la excepción. Es
hermoso, pero hermoso hermoso, ir subiendo las escaleras adoquinadas con
barandas de hierro, pasando por los costados de los hogares franceses. 100%
recomendable caminar por ahí.
Entramos a la iglesia a las 9 de la noche. No se permitía sacar fotos, una lástima. Pero desde la puerta se veía todo París, un lujo.
Después fuimos a elegir a los afortunados que nos darían
nuestra última cena local, en los alrededores de la plaza central. Elegimos
uno, casi al azar, y cenamos felices y melancólicos.
Y se ve que no éramos los únicos tristes. Apenas emprendimos
el regreso al hotel, para sumarle romance a la escena de las escaleras, que esta
vez bajaban, París se puso a llover.
Esa sensación rara de tristeza por no querer irte, y alegría de pensar lo que viviste. Inolvidable. Como turistas y como pareja, París es la ciudad más hermosa que conocimos.
Cuando París nos despidió, todavía llovía. Nos tomamos el micro, una vez más, en Porte Maillot, hasta el aeropuerto, y volamos a casa, exhaustos, pero felices. Vimos las fotos mil veces y, aún hoy, nos emocionamos un poquito cada vez que escuchamos La Vie en Rose en
nuestra cajita de música parisina.
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